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MONSTERS OF ROCK:
EL FESTIVAL DE FESTIVALES EN LOS 80
Que si el FIB, que si el Low o el Spring Festival, tal vez Warm Up, Primavera Sound, Mad Cool, Sónar o BBK; efectivamente, la agenda nacional está plagada de festivales. Pero cuándo este tipo de eventos pasaron de ser conciertos a convertirse en meros parques de atracciones, en picnics donde lo que más importa es sacarse selfies mientras suena música de fondo; lugares donde lo que prima es el estilismo que luzcas, el ver y dejarse ver. En la década de los ochenta, el nombre de Monsters Of Rock era reverenciado como ese vellocino dorado del que se hablaba pero que parecía que solamente unos pocos conocían en persona. Un festival "larger tan life", la conjunción de lo más granado del hard and heavy, una cita en pastos británicos en la que celebrar el amor por el rock con mayúsculas. Y sí, ahora hay Rock The Coast, Azkena, Download o Resurrection Fest, por citar cuatro ejemplos de propuestas con vistas a las guitarras más duras que, además, se realizan en nuestro país; sin embargo, nada tienen que ver con la magia que rodeaba al festival de Donington Park. Esos viajes interminables organizados por las revistas especializadas o por los dueños de los bares del palo, esa llegada a la pérfida Albión; solamente el hecho de pensar en cómo sería aquel ambiente, los puestos de merchandising, las actuaciones de tantos mastodontes que nos miraban desde las portadas de aquellos elepés que venerábamos y que nos sabíamos mejor que un cura el Padre Nuestro.
Mi invitado de hoy, Julio Javier Iglesias, fue uno de aquellos aventureros que junto a su pareja de entonces viajó en 1986 a uno de aquellos festivales de Donington. La fecha: 16 de agosto. El cartel, de abajo a arriba: Warlock, Bad News, Motörhead, Def Leppard, Scorpions y Ozzy Osbourne. Julio, que ha sido redactor de revistas como Metali-KO, Zona de Obras, Efe Eme, Lunar Suite o Harlequin, entre muchas otras, además de teclista (Herborea, Pluralis…), cantante (Iron Wind, Jezabel, Black Haze…) y DJ en radio y pubs, nos cuenta en este nuevo artículo lo que fue vivir aquella experiencia. Por lo tanto, pasemos a disfrutar de su relato:
“1986. Con mis veinticuatro años y recién independizado con mi primera novia... todo sueños. Viaje en autobús organizado por uno de los bares punteros en rock duro de la ciudad. Pasaré rápido esta parte porque no quiero aburrir al sufrido lector sobre cómo en un "tartano" que se caía a pedazos, dos energúmenos nos llevaban a Londres sin saber siquiera que allí se circula por el otro lado. Todo muy profesional. De mi experiencia en la mili, sé que hay que alejarse de los grupitos como de la peste.
Así que una vez en tierras londinense nos desligamos de todos y nos vamos a Notting Hill, que todavía no era el barrio pijo de la película, y seguía siendo ese foco de "hippies y drogatas" que convulsionaron el rock de los 60 y 70. Ergo, el alojamiento salió barato. Les caí en gracia, no todos los días se aloja en tu hostal Julio Iglesias. Asomarme a la ventana de aquella vieja habitación, con sus húmedos y grises tejados, me hizo sentir uno de los personajes de Quadrophenia,. A saber qué historias de rock and roll podrían contar aquellas paredes mohosas.
A la cacería de compras: vinilos yo, ropa ella. Primera aparición "mariana": de un hotel sale Michael Schenker and family. Lleva unas larguísimas extensiones rubias, nuevo look todavía no visto en prensa. Ve que lo reconozco. Cruce de miradas en plan Sergio Leone. Sabedor de su mala hostia, opto por no entrarle. Algo me dice que lo agradece. Mi acompañante no se cree que sea él. Se convencerá meses más tarde, cuando vea la portada de McAuley Schenker Group. Pienso que ha venido a ver a su hermano y que igual hasta sube a tocarse alguna con Scorpions. No sucedió. Mi obsesión era visitar el viejo Marquee. Donde todo comenzó. Desde los Stones a Hendrix, desde los Zeppelin a Yes. Sabiendo de la limitada capacidad de la sala, las compramos anticipadas a mediodía. Me importaba poco quién tocara. Sólo quería estar en ese templo sagrado –que no duraría mucho después de irme, por cierto–. Y mira por donde, habían programado con mucho ojo, siendo víspera de Monsters of Rock, una sesión heavy con los franceses Vulcain y los locales Chariot como cabezas de cartel. Dos "motörheads de tercera división" bastante potables.
Tras la compra de tickets, nueva "aparición" en una cafetería cercana: Robert John Godfrey, teclista líder de los sinfonicos The Enid. Que por supuesto mi entonces novia no se lo cree: "Tú ves famosos por todas partes". Efectivamente, estamos en el Soho y mañana hay un evento musical de carácter mundial. Era lo que procedía. Por la tarde, en HMV Records de Oxford Street, le digo: "Mira, Klaus Meine"; y ya me va a soltar la misma frasecita, cuando la cojo de la mano y la llevo ante presencia del mismísimo cantante de Scorpions, que lleva bajo el brazo un buen montón de vinilos. Se le cambia la cara. Es Klaus Meine, como antes fueron los que fueron. Conversa conmigo con toda naturalidad, y nos da los autógrafos que le pedimos. Cuando se va, vuelve para saludarnos de nuevo; todo simpatía. El concierto en el Marquee resulta estupendo. Beso tierra sagrada y lo celebramos como debe ser. Algunos de la expedición hispana han conseguido entrar, los menos, acostumbrados a la "puntualidad española", comen acera de la calle. Me alegro.
12 del mediodía en el circuito de Donington Park, Castle Donington, England.
Tommy Vance, célebre dj metálico propulsor de la New Wave Of British Heavy Metal nos ameniza la jornada hasta que entran Warlock, a los que no hago mucho caso. Nunca han sido my cup of tea –y la Doro en solitario, menos–. Aprovecho para mirar las fabulosas tiendas-furgoneta llenas de vinilos bootleg. No son baratos, pero compro uno de Alcatrazz y otro de Rush, que aún conservo. Lo del sonido era como ir al casino, te podías estar comprando una auténtica bazofia. No fue el caso, los dos salieron excelentes. Después de los alemanes, les sigue Bad News, una mierda supuestamente humorista al estilo Spinal Tap que no me hace ni puta gracia. A los ingleses sí.
Por fin, Motörhead, algo que merece la pena. Por entonces son cuarteto con dos guitarras, Würzel y Phil Campbell. En la batería está Pete Gill de Saxon… Y Lemmy, que casi lo matan a los minutos de comenzar con una bengala que le chamusca las verrugas de lo cerca que le pasa. Estamos en primeras filas y lo veo perfectamente. Paran de tocar. Echa la mayor bronca que he visto y veré en ésta vida a 80.000 personas en silencio sepulcral. Reta al "fucking dickhead" que haya sido a que suba al escenario para medírselas con él. No sube ni dios, of course. Prosiguen con triunfo del Orgasmatron que venían presentando, y todo clásicas. Comienzan con "Iron Fist" y terminan con "Bomber" / "Overkill". Al lado del batería está… ¡Phil "Animal" Taylor! Me digo: "Ése vuelve seguro", y no me equivoco, así lo hace unos meses después. Los headbangers son lo más guarro y depravado que he visto en mi vida. La tormenta de orines embotellados vuela sin cesar, y hay que estar pendiente del escenario y de tu cabeza. Locura absoluta sin parar en todo el festi. Def Leppard estrenan batería manco, inaudito en el planeta. Adelantan temas de Hysteria ("Run Riot", "Love and Affection"), pero a mí me afecta de por vida el medley en "Rock Of Ages" homenajeando entre otros a The Who, Golden Earring, Beatles o Zeppelin. En el bis, un triunfal "Wasted" y de nuevo versiones de Creedence Clearwater Revival ("Travelin' Band") y Led Zeppelin ("Rock And Roll"). Impresionante e inolvidable.
Lo de Scorpions lo había visto clavado unos meses antes en Donosti. En su línea, nunca defraudaban, pero a mí ya empezaban a cansarme. Ahora no los soporto. Lo que cambia el ser humano. Dame cualquier cosa de ellos en los 70 y me verás feliz. Uli Jon Roth forever, man! Finalmente Ozzy con su cardado rubio, que visto hoy se parece a mi vecina recién salida de la pelu. Intro con "Carmina Burana" mientras emerge de las profundidades sentado en un trono. Apocalíptico. Comienza con "Bark At the Moon" y es el delirio. Y un no parar. Las nuevas son de The Ultimate Sin, así que todo neto, sin desperdicio, como el cerdo. Y Ozzy todavía canta. Jake E. Lee nos deja boquiabiertos; pero el solo de Randy Castillo, saliendo de su kit y tocando de pie al revés, nos vuelve locos. Veo al pobre John Sinclair entre bambalinas, en chándal, para qué el glamour si lo ocultan como un apestado porque "no pueden verse teclados" –ridículo prejuicio de los 80–. Termina un show monstruoso con "Iron Man" y "Crazy Train". Como encore, "Paranoid". Fin de fiesta y pirotecnia valenciana”.